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“Los montevideanos hemos sido, tradicionalmente, mezquinos a la hora de reconocer los valores que encierra la ciudad que habitamos”

VEREDAS Caminadas por Ramón Mérica
Caminante, no hay camino; se hace camino al transitar
Los ojos de adentro: Alejandro Michelena, 49
por Ramón Mérica

Imposible saber si los lentes son para leer mejor o para “lechucear” mejor, una disciplina que le nació hace muchos años y que lo ha llevado a investigar los frentes, baldosas, rincones de esta ciudad que lo vio nacer hace 49 años en el popular barrio del Cordón, aunque la niñez y pre-adolescencia se encargarían de abrirle aún más de los ojos en la zona de Tres Cruces…
—… que entonces era muy distinta. No existía el túnel de Ocho de Octubre, por ejemplo, y nadie hubiera sospechado que allí se alzaría alguna vez una terminal con un centro de compras. Pero los recuerdos primarios que siento como los más fuertes de mi niñez son de cuando mis padres me llevaban al London París, todo lo que significaba ese gran edificio, la torre, ese Atlas allá arriba sosteniendo el mundo. Aunque no me compraran nada, pero siempre me compraban algo, yo volvía a casa fascinado con aquel edificio.

—Pero usted vivía en un barrio con mucho encanto…
—Claro que sí. Del Cordón y de la calle Tacuabé guardo recuerdos de lo que eran las casas: patios con claraboya donde vivían mis tías abuelas, esas casas de plano italiano generalmente habitada por gente muy mayor. Ya entonces la gente tendía a abandonar esas casas: por frías, por el cuidado que debían dispensarles, incluso mi madre quería irse porque las claraboyas daban mucho trabajo y eran muy poco prácticas. Es así que después vino el horror: casas antiguas con fachadas presuntamente modernas, se destruyó el perfil de muchos barrios, y lo que se lograba era un híbrido, ni chicha ni limonada. Una aberración.

CAMINAR PARA CONOCER

—Usted hablaba de la fascinación que le producía ei London París cuando era niño. Era un edificio, era una tienda. Si piensa en una zona, un espacio ciudadano, ¿Cuál o cuáles serían los que mejor recordaría? No en vano usted ha escrito tres libros sobre rincones de Montevideo…
Trotacalles Michelena: ¿Te acordás del viejo Sorocabana?
—Hay un lugar, una zona de la ciudad, que desde chico me llamó siempre la atención. Es esa zona de las calles Parra del Riego, Domingo Cullen, que se bifurcan de Bulevar Artigas y se mezclan con Sarmiento, calles asimétricas con una arquitectura de fuerte acento Art Déco, con un uso muy libre de las curvas, de las ventanitas en ojo de buey… Muchos años después supe que en los dos extremos de esa zona, estaban las casas de dos grandes de la arquitectura uruguaya: Cravotto y Vilamajó. Yo conocí ese lugar porque por ahí vivía el médico al que nos llevaba mi madre.

—Eso se dio por razones disciplinarias. ¿Cómo es que usted empieza a Interesarse seriamente por lo que significa esta ciudad?
—Soy un caminador nato. La única manera de conocer una ciudad es a pie. Y hay que saber caminar: no hay que andar a las corridas, hay que detenerse cuando algo lo merece, hay que preguntar si hay alguien a mano, y, sobre todo, no andar a las apuradas. Y cuando quiero caminar tranquilo, deteniéndome cuándo y dónde quiero, enfilo hacia sitios asociados a recuerdos precoces, sitios que me gustan mucho, como Colón o El Prado. Aunque hoy vivo en un lugar que me gusta, porque soy centrero, en Vázquez y Mercedes, por más que allí ya sea el Cordón, si pudiera elegir, me tiraría en el Cordón pero hacia el sur, tirando al Parque Rodó, donde hay una comunicación con la naturaleza, con el mar cercano. Aunque si me aprietan con una elección, no dudaría en mudarme a una casa de Bello y Reboratti en la calle Santiago Vázquez.

—¿Usted cree, como mucha gente, que Pocitos ha sido profanado en su entorno y en su urbanismo?
—Sí y no. En Pocitos, a pesar de las depredaciones, se conservan cosas. Las construcciones en altura no afectaron tan gravemente como se dice al Pocitos primitivo. Porque Pocitos, en algunas zonas, sigue siendo aún muy disfrutable para caminarlo, sin dejar de ver que se han hecho cosas abominables.

CUANTO MAS SINCRÉTICA, MEJOR

—Eso, de todos modos, habla de una profanación.
—Claro que sí. Pero cuando yo empecé a trabajar en mi trilogía sobre los rincones de Montevideo, tuve que tomar una actitud muy equilibrada frente a los cambios frente a las reformas.

—Y son esas reformas, justamente, las que otorgan a la ciudad ese aire tan particular, tan apreciado, normalmente, por los europeos.
—Es que la condición sincrética es lo que mejor define a Montevideo. Si empezamos a escarbar, el Montevideo y lo que queda es producto del siglo diecinueve, con todos sus períodos estilísticos: España, Francia, Italia. Y así es que Montevideo es una ciudad capaz de armonizar lo aparentemente distinto: el Edificio de la Ciudadela con el Palacio Salvo, por ejemplo, y todo eso en pocos metros. Y ahí está su característica: la armonía de los contrarios. Hoy por hoy, soy partidario de preservar el patrimonio del pasado, pero ¡ojo!: no hay que impedir que Montevideo se siga sincretizado.



FICHERO

Rincones y vericuetos
Publicó cuatro libros de “crónica” sobre esta ciudad: “Los cafés montevideanos” (Arca, 1a. edición 1987; segunda en 1994), “Rincones de Montevideo” (Arca, 1a. edición 1990; 2a. 1991; 3a. 1995), “Más rincones de San Felipe y Santiago” (Arca, 1994), “Otras latitudes de Montevideo” (Arca, 1995). Pero además tiene en su haber dos iniciales libros de poesía: “Formas y Fórmulas” (Libros de Gran aldea, Montevideo, 1978) y “Rituales” (Estocolmo, Editorial Siesta, 1984), en los cuales esta ciudad es elemento inspirador de importancia. También es autor de dos novelas: “Apartamento 108” (Ed. Antares, Montevideo, 1984, con el seudónimo M. A. Daniel) y “El vuelo de la oca” (Signos, Montevideo, 1993), en las cuales no deja de mostrarse Montevideo como algo más que un marco de referencia.

Cómo saber vivir y apreciar la ciudad de los árboles
Los montevideanos hemos sido, tradicionalmente, mezquinos a la hora de reconocer los valores que encierra la ciudad que habitamos. Esto es paradojal, siendo Montevideo una capital que concentra un número considerable de riquezas urbanísticas —desde la Rambla Sur a la plaza Zabala, del Mercado del Puerto al Edificio Centenario, de la Avenida Lezica a barrios enteros como Peñarol o el Reus al Norte—, que no ha perdido felizmente pese a cambios, regímenes políticos, depredaciones inmobiliarias y otras tristezas.
En plan de elegir aquello que más rescato como valioso en el perfil montevideano, me quedo con los árboles. Sí: los árboles que siguen poblando incluso tantas calles céntricas. Conociendo otras capitales Latinoamericanas, podemos valorar mejor el tesoro que significa para una ciudad que ha crecido tanto como la nuestra mantener la proporción vegetal que tiene en sus avenidas, sus plazas y sus parques. Esto, junto con el respiro de asomarnos al Río de la Plata, tal vez constituya el mejor conjuro contra la polución ambiental (complementándolo con un control cada vez más riguroso del desplazamiento automotriz, que se impone de urgencia en las áreas centrales).

El paisaje de lo urbano importa tanto como el humano
En mi entender, es mucho lo que hay que hacer para que Montevideo recupere el equilibrio nivel —urbanístico, paisajístico, ambiental, cultural en definitiva— que logró mantener hasta la mitad de este siglo.
Y más esfuerzo va a requerir todavía superando el pasado esplendor, transformar a nuestra capital en una ciudad dinámica, sintonizada con el futuro sin perder pie en el pasado. Pero estamos en un buen momento para estas tareas, pues confluyen hoy una extendida sensibilidad de los montevideanos en relación a la problemática urbana con una administración municipal que es tal vez una de las más idóneas en relación a los caminos a transitar para recuperar la ciudad, y la más interesada en hacerlos posibles de las últimas décadas.
Lo que tiene que ver con la remodelación del Centro, restauración de la Rambla, mejoramiento de los paseos o edificios, no me quita el sueño.
Sí me preocupa, y mucho, la calidad de vida de mucha gente en Montevideo.
El aumento de la marginalidad evidente, y la extensión inusitada de una semi-marginalidad que no osa decir su nombre (una clase media en caída -producto de este orden de cosas cada vez más impiadoso— aparentemente interminable).
Ninguna mejoría urbanística es sustentable aislada de la gente.
Ejemplo concreto: ¿de qué servirán los proyectos faraónicos para la antigua Estación Central del Ferrocarril y aledaños, manejados a nivel del gobierno, mientras no se ataquen las causas que han vaciado barrios enteros como la Aguada o tugurizado parte del Centro y Cordón?

 

VEREDAS Caminadas por Ramón Mérica
Diario El País (Montevideo, Uruguay)
Domingo, 9 de junio de 1996
El presente reportaje fue cedido por el entrevistado, en papel diario. Fue escaneado, procesado y publicado por el editor de Letras-Uruguay.

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