Hechalamerica

Ramón Mérica con Alvaro Recoba. ¿Quién dijo or$ai?

HECHALAMERICA. ENTREVISTA EN ITALIA / RAMÓN MÉRICA en Diario Uruguay

Las curvas de la vida

En Venecia es un pequeño dux porque salvó al Venezia del descenso en 1999. En Milán es un príncipe porque codea su estilo en el Inter con los fulgores de, Baggio, Ronaldo, Vieri. Verdadero “bambino d´oro”, acaba de firmar un contrato por U$S7.500.000 anuales. Antes de esa locura económica, Ramón Mérica viajó desde Venecia hasta Milán para entrevistarlo. El resultado es un cuento de hadas, un precoz balance de una vida que arrancó en el Cerro, se desplegó en la Curva de Maroñas, se gozó con los estallidos del Centenario y en estos momentos no hay quien lo pare.

La lustrosa trompa azul noche de la última Mercedes SL, hiende la lustrosa noche milanesa de viernes como una suerte de gigantesco pez que sólo obedece a los semáforos, ajena a los desbordes de esos predios donde se confunden las raíces de los soberbios Visconti con la rapacidad bursátil de Wall Street.Media hora antes, cuando todavía agonizaba un respiro de sol, la lujosa máquina dormía la siesta en un garage a la espera del muchacho que la estaba estrenando, un bambino d´oro oriental – oriental a doble mano: por sus raíces uruguayas, por los inesperados trazos de sus ojos – un chiquilín con el que no se puede caminar en paz.
… y puedo decir que mis primeros pasos fueron en el Cerro, donde nací el diecisiete de marzo del setenta y seis, aunque toda la gente me vincula con la Curva, adonde me llevaron cuando tenía cuatro meses. Pero nosotros tuvimos muchas mudanzas, hasta que cuando yo tenía dieciséis años nos fuimos para El Pinar, adonde estamos todavía…

El Chino recoba:»Siempre anduve por la Curva. Cuando me mudé, siempre dentro del mismo barrio, me fui p´al Arbolito, que quedaba en Cuchilla Grande y Osvaldo Cruz., antes de llegar a la Curva. Gran barrio ése».

– Pero vos ya no estás en El Pinar…
– Ya sé. Es una forma de decir, ya que toda mi familia sigue viviendo allí. Casi todos mis recuerdos de infancia y de muchacho están en la Curva, por el Camino Maldonado, después más hacia Ocho de Octubre, pero siempre por ahí. Hasta que nos fuimos a El Pinar, y en un terreno que teníamos, hicimos la casa nosotros. Tengo el orgullo de decir que la casa la hicimos nosotros, mi viejo, mi hermano Fabián y unos amigos, gente que nos ayudaba.

– Ahí ya tenías dieciséis años, eras un adolescente, pero por todo lo que he leído sobre vos y lo que me han contado, te hiciste notar desde muy chiquito en el viejo y querido potrero de barrio, ¿no?
– En la parte futbolística, ya teníamos algo muy fuerte en la familia porque mi viejo era golero…

– ¿De qué cuadro?
– De Peñarol… aunque ahora me parece que se hizo un poquito de Nacional porque yo jugué en Nacional… (sonrisa cómplice). Toda mi familia es de Peñarol, o era, no sé a esta altura de qué son, menos Vanessa, mi hermana de trece años, que es de Nacional. Pero que yo me acuerde, todos eran de Peñarol.

– ¿Y vos?
– Hmmm…

– ¿Y vos?
– ¿La dejamos ahí?

– ¿Fue tu padre quien te llevó al primer club, a la primera práctica, a la prime…?
-No. Mi madre. Ella me llevó porque llevaba a mi hermano a jugar al Ituzaingo (sin acento en la O), atrás del Hipódromo. Mi hermano tenía seis años, yo tenía cuatro, y ahí me metieron a jugar. Ahí empecé.
A la media tarde de ese mismo día, demandó una hora avanzar una cuadra rumbo al Duomo, para tomarle unas fotografías. A pesar de la llovizna, a pesar de una concentración masiva que alertaba sobre las ventajas de una huelga, el muchacho debió detenerse cada dos pasos para firmar una hoja, autografiar una fotografía posar ante cámaras de quién sabe qué rincones. “Allí no voy”, se asustó cuando vio tanta gente delante de la placita del Duomo. Sabía que si lo reconocían (lo más probable) ya no lo dejarían ir.

– Siempre anduve por la Curva. Cuando me mudé, siempre dentro del mismo barrio, me fui p´al Arbolito, que quedaba en Cuchilla Grande y Osvaldo Cruz., antes de llegar a la Curva. Gran barrio ése. El Arbolito estaba al lado del Wanderers, que era el Onwars, la cancha del Onwars, donde está la Iasa, una fábrica de ladrillos, me parece. Y siempre anduve por ahí. De los tres equipos que me acuerde son el Ituzaingo, donde hice mi primer año, el Arbolito y el Celiar.

El chino recoba:»Yo creo que los italianos miran eso: la parte humana de uno, lo que uno hace como persona, más allá de ser un jugador. Les gustará que me vean siempre con mi señora…»

– ¿Quién fue el que te echó el ojo y dijo que eras bueno, el que te puede haber dicho: “Pibe: vení para acá porque vas a hacer una gran carrera” o algo así? ¿Cómo llegaste a la cosa grande? Porque el Arbolito ni el Ituzaingo ni el Celiar pueden haberte catapultado hacia la consagración me parece. ¿Quién fue el que te vio?
– Había muchas personas que ya me habían visto desde muy chico. Me acuerdo que yo había empezado a practicar en las inferiores de Defensor, ahí yo había ido por cuenta mía, no me había llevado nadie. Después en Danubio había gente que me conocía: estaba Perrone, Magnate Rodríguez, y entonces ellos vinieron a la cancha de Celiar a ofrecerme, mejor dicho, a decirle a mi viejo si yo quería ir a Danubio, y mi viejo dijo “Sí. Cómo no”, aunque yo ya estaba entrenando en Defensor, así que no se sabía si podía ir. Pero todo se arregló. Mi viejo les dijo: “Sí, que vaya para Danubio, y nosotros no pedimos nada, sólo les pedimos que le pongan las luces a la cancha de baby fútbol del Celiar y él va.” Y así se hizo. Yo tendría doce años. Marché para Danubio y la cancha quedó iluminada.

Todo el lujo de la noche milanesa se desplaza sobre los empedrados: señoras forradas por las sedas primaverales de Mila Schön, zapatos de Crasci, alhajas de Bvlgari, mientras la briosa Benz azul noche sólo se atiene a repetir los destellos de los sin-fin de brillantes del joven matrimonio, un par de aros de diamantes que Cartier imaginó en París pero que jamás imaginó en los deditos del fútbolista oriental y su pequeña consorte, una delicada madonnina.

– Y esta tarde, caminando por Milán para llegar hasta el Duomo, fue una proeza. Salvaste al Venezia del descenso, cosa que no olvidan, pero la fiebre italiana por Recoba ocurre en todos lados, basta ver la televisión.
– Yo creo que eso tiene que ver con la manera de ser de nosotros, los uruguayos. La persona uruguaya, la persona sudamericana, es más calurosa de lo que son los europeos, y nosotros demostramos más afecto con los hinchas. Un jugador europeo se puede parar, o no, si un hincha le pide un autógrafo. Yo no: yo me paro con todo el que me lo pide, yo firmo todos los autógrafos…

– No me lo digas.
– Yo creo que los italianos miran eso: la parte humana de uno, lo que uno hace como persona, más allá de ser un jugador. Les gustará que me vean siempre con mi señora, yo hablo siempre de mi familia, y eso les cae muy bien. Mi señora está embarazada, nos han sacado muchas fotos, y eso les gusta…

– ¿Soñaste alguna vez que ibas a tocar el cielo con los dedos? Porque esto que te está pasando es algo excepcional: tenés a toda Italia a tus pies, y en Europa sos una referencia ineludible cuando se habla de fútbol. El país más bello de la tierra te tiene en una bandeja.
– Cada etapa de la vida tiene que ver con lo que uno le va pasando. Por ejemplo: cuando yo estaba en el Celiar y decía “Sería lindo jugar en un equipo de primera, ir a un equipo como Danubio, Defensor, Nacional o Peñarol.” Cuando uno llega a jugar en Danubio, Defensor, Nacional o Peñarol, ahí pensás: “Ojalá pudiera ir a jugar a la Argentina, a España, a Italia…” y ahora mi sueño, si clasificamos, es llegar al Mundial.

La rutilante trompa azul sigue abriéndose paso en la noche milanesa rumbo hacia una tira de asado y unos chorizos alentados por unos fuegos de extramuros, en tanto el bambino oriental conduce y atiende eficazmente , auriculares mediante, lo que le van indicando en cuanto a los caminos que debe tomar ya que no conoce la trama urbana de Milán a pesar de sus tres años allí.

¿Y ahora por dónde agarro? repite incansablemente.- entonces me compró Paco Casal en un momento difícil, que yo no jugaba, y él me compró a Danubio, me llevó a Nacional, y ahí sí se me hizo todo rápido. A esa altura yo ya había jugado en primera división y todo, y estuve un año y medio en Nacional.

«Cuando llegás a este nivel, no te vas a tomar una botella de whisky y fumarte una caja de cigarrillos. No te dicen nada de eso porque descuentan que no sos un tarado»

– Fue tu primera cotización, ¿no? ¿Esa compra significó tu primer acceso económico?
– No. Esa compra no me produjo nada de plata porque él me compraba pero nada más, ahí no había plata, él me compraba y nada más. Ahí no vi plata. Llegué a Nacional, me iban bien las cosas, pero tampoco me daba como para guardar.

– Ahora, aquí en Italia, debés tener mucho para guardar, ¿no? ¿Cuáles son, a grosso modo, tus ingresos actuales?
– No lo puedo decir. Si lo digo, salen todos allá a hablar, lo sabe todo el mundo… No lo puedo decir.

– Pero el pase de Nacional uruguayo al Inter de Milán debe haberte redituado buena plata ¿no?
– No. Tampoco. No fue un gran pase, económicamente hablando.

– ¿También fue un pase manejado por Casal?
– Sí. Siempre Paco. Vine al Inter, estuve un año y medio en el Inter, jugué la mitad del campeonato italiano, y entonces me fui a Venecia. Me fui porque no podía jugar aquí en el Inter, no tenía posibilidades…

– Se dice que el entrenador no te tenía simpatía.
– no tenía posibilidad de jugar porque había muchos jugadores, y entonces decidí irme a otro equipo porque quedarme acá y no jugar era lo mismo que la nada. Y en Venecia me fue bien. Estuve en Venecia solamente seis meses porque fui como préstamo ya que aquí no me ponían. El técnico miraba a otros jugadores, a mí no me tenía mucho en cuenta, y era bueno estar en el Inter, pero si no jugás no sirve para nada estar siempre en el banco. Hay otra cosa: en Europa no es fácil jugar. Cuesta. Uno pasa de un fútbol como el de nosotros, que es bueno, pero que a nivel general es muy diferente. Técnicamente somos buenos, por algo vienen tantos jugadores uruguayos para acá, pero el fútbol uruguayo es un poco lento, y allá no hay el poder económico que hay acá como para comprar buenos jugadores… Yo creo que en el Uruguay somos pocas personas, hay poca gente y demasiados equipos.

Desde el asiento trasero de la imponente lancha que se devora las calles y bocacalles de la lujosa ciudad, visto desde allí parece un niño con un juguete nuevo, y algo de eso hay. Si hubiera que buscarle una definición, se diría un anti-Maradona: tranquilo, muy puesto en su lugar, nada fanfarrón, siempre en un reposado medio tono de comportamiento que desmiente la bravura de sus piernas en la cancha. Tampoco lleva aritos ni tatuajes, pero eso sí: los aparentes pobretones bucitos que luce son de Armani. Cuando el semáforo lo permite, acaricia el pelo de su madonnina y, si cree que nadie lo ve, pasa dulcemente la mano sobre el vientre donde descansa, sin haber nacido, Nathalie.

– Desde el momento en que el Inter, al mover tanto dinero, es una gran empresa , vos debés sentirte un engranaje más de esa máquina, ¿no? Durante las infinitas llamadas que hice para llegar a esta entrevista, tuve la sensación de que estabas prisionero de un cerco, que no permiten que se te acerquen…
– Eso no es sólo conmigo. Es con todos. Lo que pasa es que en Milán se vive de una manera increíble. Vos viste lo que fue caminar esta tarde por ahí por el Duomo. Muchas veces no salgo a la calle ni nada porque me da vergüenza salir. Salgo con mi señora por el centro y no podemos caminar. Nos paran, me piden autógrafos, me miran, no puedo hacer una cosa tranquila como todo el mundo. Por eso es normal que alrededor de nosotros haya no un cerco como vos decís, sino una cierta protección. Y en esa protección entran las entrevistas.

– ¿A mí me lo vas a decir? Entrevistar a Sophia Loren hubiera sido más fácil.
– Al nivel que estamos, es normal que se tomen esas previsiones. Por todo; por los jugadores, porlo que el Inter representa en el mundo, por los jugadores que tenemos nosotros en el equipo, que son de los mejores del mundo: Ronaldo, Zamorano, Vieri, Baggio…

– ¿Cómo te llevás con ellos?
No debe ser fácil la convivencia entre tantas estrellas.- Con ellos no hay problemas. Pero no podemos salir solos, menos juntos, porque se nos viene la gente encima, no tenemos paz, pero hay que acostumbrarse.

– Es por eso que el Inter tiende ese cerco.
– No es un cerco. Es una precaución.

«Milán tiene vida nocturna, tiene restoranes, yo salgo poco porque estoy con mi señora, con Ribas y la novia. Yo vivo en San Siro, lejos del centro, a metros de La Pinettina, la concentración, y vengo al centro cuando tengo que comprar alguna cosa a ver algo que me interesa, pero nada más».

El mandarín maravilloso

– ¿La empresa te marca pautas de comportamiento?
– No. Para nada. Yo hago una vida normalísima. Uno puede hacer lo que quiera, ir adonde quiera. Mientras rinda dentro de la cancha y no salga todas las noches, mientras mantenga una línea profesional, no pasa nada. Cuando llegás a este nivel, no te vas a tomar una botella de whisky y fumarte una caja de cigarrillos. No te dicen nada de eso porque descuentan que no sos un tarado.

– ¿La empresa prefiere que estén casados?
– No. Yo diría que hasta al revés. Muchos de los compañeros son solteros: Ronaldo se casó hace poco, Zamorano es soltero, Vieri es soltero, como muchos de otros equipos. Es normal que casado se está más tranquilo, pero uno puede hacer la vida que quiere. Yo no tengo problemas porque no tomo copas, no fumo, hago una vida tranquila. Me pongo nervioso antes de los partidos y con Martín Ribas nos llevamos un vídeo juego para aflojar las tensiones y ya está.

“¡Estamos llegando! ¡Sentí el olorcito! ¿No sentís olor a choricitos? No sé cuántas tiras de asado me voy a morfar…” La lujosa nave estaciona en la puerta de la parrillada argentina y pasa lo que tenía que pasar: decenas de admiradores que se le vienen al humo, lo que se repetirá mientras comamos, si se puede, porque el ídolo tiene una paciencia bíblica con sus recaudadores de autógrafos.Empanadas, provolone con hierbas, chorizos, salsitas, dips, hasta un finale con trompetas de una gigantesca bandeja de asado harán las delicias del oriental. Sólo Coca. Imposible pensar que a la mañana siguiente tiene entrenamiento, pero no importa: todavía hay lugar para el premio final de un sorbet de limón manchado con champagne.” ¿Te acordás de los asados en tu casa, en la Curva, Lorena? lleva a recordar a la madonnina que conoce desde hace diez años, cuando los dos eran unos niños, cuando el mundo empezaba y terminaba en la Avda.8 de Octubre.

 

 

– ¿Cómo te llevás con Milán, una ciudad tan materialista, tan fría, tan dura?
– Nada que ver con Venecia, que me gusta, pero Venecia es una ciudad para gente grande, una ciudad para vivir después de los cuarenta años. En cambio, Milán tiene vida nocturna, tiene restoranes, yo salgo poco porque estoy con mi señora, con Ribas y la novia. Yo vivo en San Siro, lejos del centro, a metros de La Pinettina, la concentración, y vengo al centro cuando tengo que comprar alguna cosa a ver algo que me interesa, pero nada más. Los lunes, que tengo libre, nos encerramos con Lorena a ver miles de películas en video. Y a comer milanesas.

– Y en Venecia, donde sos un dux, ¿cómo te sentías?
– Yo no vivía en Venecia, sino al lado, en Mestre. Nosotros en el club teníamos un señor que tenía un taxi, ellos le dicen taxi a una lanchita, y siempre que teníamos que ir a algún lado, él nos venía a buscar y nos llevaba para todos lados.

– ¿Nunca anduviste en vaporetto?
– No.- ¿Y en góndola?- Tampoco. Es que yo no anduve mucho por la Venecia Venecia, sino que siempre que podíamos nos íbamos para afuera.

– Pero, el Estadio está en Venecia Venecia.
– Ahí íbamos en taxi. Yo digo: Venecia, como ciudad, me gusta, pero para después. Cuando uno va a Venecia y vive como viví yo, le pierde lo que es la belleza verdadera de Venecia, cuando la ve todos los días. Es lindo venir a verla, estar poco e irse, no es linda vivirla porque después uno se olvida de lo que es Venecia, que es una de las cosas más lindas que hay en el mundo, me parece, ¿no?

– ¿Qué fue lo más te impresionó de Venecia?
– La verdad, de Venecia conocí casi todo. No soy amante de conocer muchos lugares, de ir a los museos. Y aquí en Milán te lo dije hoy de tarde: nunca entré al Duomo. No soy mucho de entrar a las iglesias, y aquí en Milán estoy hace tres años y nunca entré al Duomo.

– ¿Volverías a vivir en el Uruguay o te gustaría quedar en Italia?
– Me repartiría. Me gusta allá, encontrarme con mis amigos, ver a mi familia, pero me gusta mucho vivir acá. Me gustaría vivir en Venecia cuando sea grande, una ciudad tranquila…

– Y entonces andarías en góndola y vaporetto.
– Pero también estaría en el Uruguay. Ahora todo está tranquilo: mi padre tiene unos taxis que compramos para viajes al aeropuerto, mi vieja no trabaja más en la fábrica de la Curva, y los traigo para acá cada vez que quieren. Han venido todos para acá a pasear, todos han conocido Venecia y Milán…

– Para hacer eso se necesita mucho dinero. Ya que no me querés decir lo que ganás, tendrás, en cambio, una idea de tu cotización…
– No sé… No sé…

– Pero debe ser muy alta, seguramente.
– Y sí… Debe ser muy alta. Uno se puede dar muchos gustos, puede ayudar, pero hay cosas que no tienen precio.

– Como ¿cuál?
– Hace dos o tres años yo traje a mi madre por primera vez. Yo ya había ido muchas veces a Venecia, había estado en Roma y en París, ya conocía mucho. Y un día salimos en el taxi, en la lanchita, con mi madre y mi señora. Íbamos atravesando el Gran Canal, había una luz rosada, el agua estaba bien verdosa, y los palacios y los monumentos y las estatuas pasaban por el costado. Vos viste lo que es el silencio de Venecia, lo viste, ¿no? Mi madre iba sentada sola en el asiento de adelante, y Lorena y yo íbamos atrás. Nadie decía nada. Era tanto el silencio, sólo se oía el ruidito del agua, hasta que en un momento le puse la mano sobre el hombro a mi madre y ella, que estaba dura como una estatua, se dio vuelta y nos miró, sin decirnos nada. Ahí me di cuenta que estaba llorando… Mi vieja estaba llorando, Ramón, llorando por Venecia…

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