Artes y Cultura

La historia de una familia de confiteros, iniciada por Sebastián Héctor Bauzá Ques

LA HISTORIA DE LOS BAUZÁ. De aquel lejano Bauzá, de nombre Guillermo Bernardo llegado al Río de la Plata en 1729, con un contingente de 29 dragones que se radicó en Montevideo, este apellido estuvo vinculado íntimamente a la emigración balear. A tal punto que no podíamos obviar a quién fue un pionero entre aquellos que se dedicaron a la repostería y a la confitería, Sebastián Bauza Cladera, nacido en Pollensa en 1885 y a su hijo Sebastián Bauzá Ques.
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El arribo de Bauzá Cladera al Uruguay se produjo en el año 1906 llevado como tantos por la intención de tener un futuro mejor dado que su tierra de origen, no le brindaba más que la dureza de un trabajo sin retribuciones de ningún tipo. Su niñez no había sido todo lo buena que hubiera deseado pero llevado por la pujanza de su juventud nada lo detendría en sus ganas de progresar; así, con esa fuerza llega a las costas uruguayas con 21 años.
El único trabajo que logró conseguir en esos primeros tiempos fue descargar sal gruesa a granel en el puerto que le dejó marcas en la espalda de las enormes llagas, su único patrimonio en ese momento. No sabía leer ni escribir pero eso no era un impedimento para salir adelante. Nunca había ido a la escuela. Como muchos emigrantes vivía cerca del lugar de trabajo. En este caso cerca de la Aduana del puerto de Montevideo. Un día, caminando hacia su trabajo para descargar aquellas bolsas que eran castigo y obsesión, vio una jardinera tirada por un mulo que estaba repartiendo pan en la zona. Lo que le llamó la atención no fue el carro, ni el animal que la tiraba ni siquiera quién la conducía, sino las alpargatas –espardenyas– que lo llevó a pensar que aquél era un paisano; no podía equivocarse. De ese pensamiento al interrogatorio de aquel hombre que repartía pan fue un instante que le valió el cambio de su vida, «digui est esse de Mallorca». Ante la respuesta positiva, con la premura de aquel encuentro y la intuición que algo pasaría le contó su llegada, dónde trabajaba, lo que hacía, junto a los pesares que sufría. La respuesta de aquel panadero también fue contundente: «mañana avisa que no vas más a trabajar porque tienes un nuevo trabajo conmigo en la panadería».
Así, casi sin darse cuenta tenía un nuevo futuro que asumió con osadía y voluntad. De Montevideo casi no conocía nada, sólo aquellas calles de la Ciudad Vieja que lo habían visto caminar hacía el doloroso trabajo anterior. Pero nada detendría su ansia de salir adelante. El dueño de la panadería le dio una jardinera y una mula para realizar el reparto. Pero había un detalle; no conocía ni el recorrido, ni la ciudad. El ingenio pudo más que la dificultad; dejó que la mula, que conocía el recorrido, lo guiara por las calles. Cuando ésta paraba, se bajaba de la jardinera y en un mal castellano, mezclado con mallorquín pollensí, pedía a la gente del lugar si querían pan o lo habían encargado. Nunca el reparto en esos tiempos se resintió, la estratagema había resultado.
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Sebastián Bauzá Cladera había venido sin escuela pero su fuerza de voluntad lo llevó, según su hijo Sebastián Bauzá Ques:
…a aprender a leer y escribir arriba del torno de la panadería, donde se arma el pan.
Una mesa grande sirvió para su primera formación. Junto con un amigo que hizo en el trabajo, Manuel Dondán (abuelo de los actuales dueños de la panadería Los Sorchantes), aprendieron a firmar con el dedo haciendo el dibujo en polvo de harina tirado encima del torno. En poco tiempo logró una caligrafía casi perfecta, realizada en base a su tesón.
Un gallego que había trabajado con él en la panadería le diría a su hijo tiempo después «si tu padre hubiera ido a la escuela cinco años, Azzini (que era el ministro de Hacienda y Economía del gobierno de la época) estaría para las risas al lado de tu viejo».
Luego de trabajar por espacio de 22 años, en el año 1928, volvió a Mallorca para vivir, según sus propias palabras, de «rentas». Casi se podría decir que fue un récord con 43 años.
Si bien los primeros años en Montevideo fueron duros, expresa Sebastián Bauzá Ques, mi padre tuvo la posibilidad en poco tiempo de comprar una panadería chica que trabajaba casi las 24 horas. Durante la noche, hacía el pan y durante el día salía a repartirlo. Esa primera panadería se llamaba El Oriente. Pero su verdadera visión estuvo en comprar panaderías en mal estado, por clientela y trabajo, y levantarlas para luego venderlas. Así nunca estuvo más de dos años con una panadería. Entre las panaderías importantes que tuvo destacó Los Tres Mosqueteros y Montecristo, en la calle Río Negro.
Así fue, entonces, que en el año 1928 con 6 años nos fuimos a Mallorca. Allí compró una finca al lado del mar, en el puerto de Pollensa, en More Vermey, equidistante de Alcudia unos dos kilómetros. Detrás de la casa teníamos una quinta donde se sembraba de todo. Compró dos barcos, uno chico a remo y otro con motor, también un auto Renault cero kilómetro con el que iba todos los domingos de Alcudia a Palma, 52 kms, para ver la corrida de toros. Esto puede dar la idea de la plata que ya había hecho cuando regresó a España. La explicación, más allá del olfato para los negocios fue que el peso uruguayo valía como el dólar y la peseta no valía nada.
Yo creo que tuve la niñez más hermosa que pueda tener un niño a pesar de la etapa de pupilo en Inca con unos curas franciscanos que eran muy duros. Recuerdo a los padres Serrá, Colom, Amengual y un cuarto cura que era de Sineu cuyo nombre no me acuerdo ahora. Llevaban un cordón por la cintura que tenía nudos cada palmo, de los cuales me acuerdo muy bien, porque algunos de ellos me los llevé puestos en el lomo. Nos agarraban por la oreja y nos daban por la espalda cuando nos portábamos mal. La comida en aquel lugar era por lo general mala, comíamos casi todos los días lentejas, pero algunos días por la noche, en la cena, nos daban empanadas mallorquinas rellenas de carne de cordero y sobrasada. Por el motivo antes expuesto respecto a la calidad de la comida, comíamos una empanada y escondíamos la otra envuelta en un mueble donde se guardaban las servilletas. Una noche, decidimos con un amigo de apellido Forteza de Campos, cuando todos estaban dormidos, tener una comida extra con las empanadas de los compañeros. Fuimos hasta el mueble y lo saqueamos a tal punto que no podíamos subir las escaleras de lo llenos que estabábamos por las 8 empanadas que cada uno comió. Pero la sorpresa fue que en la oscuridad, al final de la escalera, estaba escondido uno de los curas que habiendo sentido ruido en la planta baja quedó vigilante para averiguar que pasaba. Al llegar al punto de encuentro la sorpresa nuestra fue mayúscula pero corrimos con la ventaja que el también se sorprendió lo que dio lugar a que pudiéramos escabullirnos. Igual alcanzó para que me hiciera, con la uña, un corte detrás de la oreja. Al día siguiente le comentamos nuestra aventura a todos los del cuarto que si bien los habíamos afectado eran solidarios para que no recibiéramos el intenso castigo. El Sr. Cura estaba esperando a la salida del cuarto para revisar detrás de las orejas. Pero no contaba que todos estábamos rasguñados en el mismo lugar lo que determinaba la imposibilidad de reconocer a uno solo con la consiguiente furia. Igual, al pasar por la estrecha puerta que conducía al baño, donde nos lavábamos porque no existía la ducha, se encargo de pegarnos a los doce con el cordón anudado de la sotana.
En otras oportunidades los castigos eran ponernos de rodillas encima de las baldosas frías. Como para cada castigo había también recursos para zafar, le pedía a un amigo que era el golero del equipo de fútbol, las rodilleras que me ponía debajo de los pantalones largos. Así podía aguantar todo el castigo y mucho más……(festeja recordando aquel ardid de hace más de 60 años).
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Cuando Sebastián Bauzá llegó al Uruguay continuó sus estudios en un colegio de curas, la Sagrada Familia, muy lejos de las costumbres de Mallorca pero, al no poder hablar correctamente el castellano, tuvo innumerables problemas con sus compañeros de clase muchos de los cuales le tomaban el pelo llamándolo «gallego» como sobrenombre. Signo de muchos de aquellos que habían emigrado al Uruguay.
Antes de pasar a otro tema, otro recuerdo de aquellos días de juventud que asalta mi memoria eran mis andanzas por la bahía de Pollensa. Al bote que mi padre tenía sin motor le había hecho una vela con una arpillera y un palo atadas a dos cuerdas con el que atravesaba la bahía. Pero lo más interesante de todo era subir a un barco que estaba anclado allí donde muchas veces iba a orinar. Era el yate de un famoso actor de cine, Errol Flynn, cuyos marineros me dejaban subir a bordo. Confieso que nunca lo pude ver pues de día dormía de las extensas jornadas nocturnas que duraban hasta el amanecer. Se comentaba de todo respecto a su vida licenciosa.
Pero en el año 1936, cuando yo tenía 14 años, mi padre decide volver al Uruguay. El motivo sin dudas es la guerra civil que se venía encima. El alcalde del pueblo de Alcudía que era primo de mi madre le comentó a mi padre: «Sebastiá diu, tu que tens la oportunidat ves, agafa les valisas e ten vas, porque aquí se viene una grande que no la para nadie…», terminando la frase en castellano. Efectivamente aquel pagés vio venir el futuro de España. Y así volvimos a Montevideo.
Mis abuelos de Pollensa se dedicaban a la tierra como todos en aquella época, le voy a decir los nombres: los paternos, eran Sebastián Bauzá Campomar y Juana Cladera Pascual, los maternos Juan Ques Soliveret y Agra Marti Llitra, un recuerdo que me llevé de Mallorca.
Un detalle importante es que mi padre antes de casarse había realizado dos viajes a Mallorca, cuando conoció a mi madre de la que quedó enamorado de forma tal que poco tiempo después la fue a buscar. Cuando en el año 1963 yo viajo a Mallorca por primera vez después del regreso en el ‘36, un amigo de mi padre, paisano de Alcudia, me confesó cariñosamente: » el hijo de puta de tu padre vino para acá y se llevó la mujer mas linda del pueblo». Así en el año 1921 estaba radicado en Montevideo, con mi madre, de la que nacimos mis cuatro hermanos, dos mujeres y dos varones.
Las dos mujeres fallecieron ya. Cata, en Palma, de un infarto, casada con un médico pediatra de apellido Crespi. La otra hermana, Juanita, se casó con un asturiano de apellido Menéndez y en un viaje de Oviedo a Barcelona murió en el auto de un derrame cerebral. El cuarto hermano vive en el departamento de Canelones cerca de la costa, pero nunca quiso trabajar en la confitería, como Sebastián y su padre.
Al regreso de Palma, en el año 1936, mi padre continuó con aquel negocio que tan bien dominaba que era la compra y venta de panaderías. Hasta que un día vino a casa con la noticia que había comprado una panadería en el Departamento de San José, en la ciudad del mismo nombre, en el interior del país a unos 90 kilómetros de Montevideo. La idea no tenía mucha lógica y la primera que lo cuestionó fue mi madre que le preguntó el por qué habiendo tantas panaderías y oportunidades en Montevideo. Mi padre le respondió lo siguiente: «la harina en San José es más barata porque hay dos molinos que la trabajan directamente, la leña de monte autóctono (espinillo y corronilla) para el horno, si las vas a buscar, te la regalan y los sueldos son la mitad de Montevideo». En ese momento se habían instalado en Montevideo los Consejos de Salarios que regían las relaciones salariales entre empleados y empleadores cosa que no pasaba en el interior.
Así mi padre compró una panadería en San José llamada Las Palmas en la que me inicié como panadero y confitero. Al tiempo, mi padre ya un poco cansado, me la dejó volviendo a trabajar a Montevideo. Allí trabajé con un socio de Mallorca, de Valldemossa, llamado Bernardo Ripoll, en ese momento me levantaba a las 6 de la mañana y trabajaba de corrido hasta las 9 de la noche, sin sentarme ni siquiera para almorzar.
En esa época ganaba como salario el doble que los diputados del gobierno. Trabajábamos 15 bolsas de 60 kilos por día en factura; nosotros incorporamos los bizcochos repartiéndolos por toda la ciudad. Cuando vendí esa panadería en el departamento de San José compré una confitería en la calle San José 930, en Montevideo, quizás en una calle con el mismo nombre por nostalgias de una vida de mucho sacrificio aunque de muy buenos resultados, llamada Manhattan. Una confitería muy «bacana» donde no se permitía entrar si no se estaba vestido de etiqueta con traje y corbata. Nosotros también estábamos todos de la misma manera incluso tampoco dejábamos entrar prostitutas que rondaban el negocio porque venían a realizar sus trabajos por la noche en la zona. Cuando compré esa confitería me valió 16.000 pesos; al venderla saqué por ella 80.000.
El motivo de la venta fue que mi padre –que al venirse a Montevideo de San José había comprado una confitería a una catalana, Elisa Mir que la había fundado en el año 1914, de gran prestigio en el medio como lo era el Lion D’Or– me pidió que fuera a trabajar con él. Tenía una excelente clientela. Para atenderla, llegamos a tener en la época dorada del Uruguay entre los años 1950–60, ciento cuarenta y siete empleados. En la actualidad tenemos nada más que 68 empleados. Por aquella época me casé con una mallorquina de Pollensa, de apellido Amengual Cifra, quedando viudo al tiempo. Hoy estoy casado con otra española pero esta vez de Galicia. Por supuesto ya conoce las islas Baleares con las cuales está encantada.
En los comienzos llegamos a fabricar sobrasada y enseimadas pero como no salían iguales a las de Mallorca decidimos no producir más. En realidad, enseimadas seguimos haciendo pero casi sobre pedido y una vez más reitero que no salen como las mallorquinas. Debo confesar que cuando voy a Mallorca, con mi primo, Jaime Ques, nos dedicamos a comer todo aquello que es un recuerdo para el paladar cuando estoy en Montevideo, como son los cocarrois, sopas mallorquinas, el frito, por supuesto las enseimadas y otras comidas que por aquí no se ven.
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La fatiga comienza hacer mella en Sebastián Bauzá que hilvana su pasado con el presente…
¡Ah!, soy un aficionado al fútbol, pasión me viene desde que iba al colegio de pupilos en Mallorca a tal punto que fui presidente de un club de 1a. división en Montevideo llamado Bella Vista por espacio de 22 años ininterrumpidos, actividad que continúa un hijo mío. Cuando estaba en Inca era hincha del Constancia un club que llevaba a mal traer al Mallorca, en aquella época de la regional, conformado por Ferrer, Frac y Diego, Sterich, Ordiñas y Rericós, Oliver, Torres, Antolín, Barbero y Coll… como un torrente van saliendo aquellos nombres embrujados por el solo hecho de ser nombrados.
El ruido de los pocillos en la confitería que anuncia los desayunos de la jornada, tapan la voz del diálogo. Un respiro profundo, una sensación de alivio por todo lo expresado se refleja en el rostro de Sebastián y un corto silencio indican el fin de la entrevista. Algunas cosas han quedado en la bahía de Pollensa, otras aparecieron de golpe en este instante de recuerdos y nostalgias.

 

Fuente: FCI.UIB.es

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