Artes y Cultura

¿De dónde viene la palabra Montevideo? Desconocida en los mapas por ser llamada en principio: de "Monte Seredo"

POR LAS CALLES DE MONTEVIDEO.

«Montem video…»

Una y otra han sido generalmente ya desechadas, para decirlo con palabras de Paul Groussac, por ser «muy sabido que en los descubrimientos nunca se usó bautizar por el grito del vigía los puntos divisados: Puerto veo, Cabo veo, etc. …, lo que hubiera convertido la nomenclatura geográfica de las costas americanas en una letanía de monorrimas. La etimología Monte veo -agrega el erudito historiador franco-argentino- merece juntarse con las no menos populares de Buenos Aires («¡Qué buenos aires los de esta tierra!»), y de Olinda («¡O linda!», exclamaçào proferida pelo donatario).»
Los mapas y cartas náuticos del siglo XVII referentes a estas regiones, introducen numerosas y confusas variantes acerca del nombre de nuestro cerro, las que se repiten y alternan hasta bastante entrado el siglo XVIII, aún después de comenzado el proceso fundacional de nuestra ciudad en 1724.
A pesar de que en las órdenes reales dadas a Zabala entre 1717 y 1723, para fortificar algún punto de nuestra costa se menciona expresamente a Montevideo -y éste fue el nombre dado por su fundador desde entonces-, el cerro frontero a ella fue señalado en aquellas cartas y mapas, con los nombres de «Santo Vidio», «Monte Seredo», «Monte de Santo Ovidio», y «Monte Urdeo», y hasta «Monte de San Pedro».

Con razón el P. Cattaneo, jesuita, al escribir en 1729 desde Buenos Aires a un hermano suyo en Europa, le decía: «Quizás no encontraréis «Montevideo» en los mapas, si no es bajo la denominación de «Monte Seredo»».

Esta última denominación, con las variantes de Seride, Serede, aparece en algunos mapas holandeses de la primera mitad del siglo XVII, y es de muy discutida e insegura etimología; ello alcanza para demostrar las dificultades del tema.

Groussac se inclina por la primitiva denominación de «Monte de Santo Ovidio», «santo portugués: un titulado obispo de Braga y confesor de los primeros tiempos -di-ce-, introducido por los falsos cronicones, y cuyas supuestas reliquias lograron cierta fama local y milagrera a principios del siglo XVI»; aquella denominación habríase simplificado luego en «Monte Ovidio», y, finalmente, «Monte Vidio», por una aféresis muy común.

Nuestro distinguido historiógrafo, D. Buenaventura Caviglia (hijo), en un enjundioso estudio hecho al respecto en conferencia pronunciada en el «Instituto Histórico y Geográfico», en marzo de 1925, objeta aquella opinión mostrando que en ella se invierten los términos del problema; siendo que en el propio «derrotero» de Albo se dice que el nombre puesto fue de Monte vidi, y aclara, «corrutamente llamado aora Santo vidio»; y aunque esta aclaración es, indudablemente, una interpolación posterior, no originaria, mantiene sin embargo su prioridad cronológica respecto a la contraria interpretación de Groussac.

El señor Caviglia aporta a la solución de este verdadero enigma histórico-toponímico sus propias «pistas nuevas», como él las llama, y a las que modestamente califica de «trabajo preparatorio de imaginación», o «programa de un estudio más serio». No vamos a exponer aquí las variadas hipótesis explayadas por dicho autor en el trabajo antes mencionado.

A simple título de curiosidad, vamos a mencionar algunas de ellas. Todas parten de un supuesto verdaderamente exacto: el uso y abuso de abreviaturas y/o siglas por parte de nautas y cartógrafos de los siglos XVII y XVIII en la redacción y confección de sus «derroteros» y cartas de navegación. Copistas posteriores hacían luego una amalgama de estas abreviaturas, de lo que con el correr del tiempo, y el desliz de algún posible error de copia, podría resultar un verdadero galimatías toponímico presto a las más variadas interpretaciones.

Esto sin contar con las consiguientes deformaciones orales, más fáciles aún de difundirse, y, por consiguiente, de perpetuarse en el vocabulario popular y científico.

Tal pudo ser muy bien el caso del término «vidi» que acompaña a la expresión «monte» en la notación de Albo, cuyo texto, por otra parte, no es el original de este navegante sino obra de un copista poco escrupuloso en otros pasajes del mismo, y que por añadidura ha sufrido más de una interpolación por cuenta de los clásicos cronistas españoles -como Fernández de Navarrete- de los siglos XVIII y XIX.

De acuerdo a esta suposición, harto probable por lo demás, el término «vidi» podría tener esta interpretación: sus dos primeras letras corresponderían al número ordinal romano sexto (VI) seguido de la letra inicial de la palabra «destas», y luego de la correspondiente a la denominación «Indias»; de todo lo cual resultaría la frase «Monte VI destas Indias», para designar a nuestro cerro epónimo. La tal designación se ajustaría, poco más o menos exactamente, al orden de avistamiento de los cerros o «montes» de nuestra costa -de cierta importancia como jalón de ruta al navegante-, contados a partir de Punta del Este , denominada Cabo de Santa María por la expedición magallánica.

Otra variante basada en el mismo proceso sería: «Monte», vi (del verbo ver) seguidas de la inicial «d» de la palabra día, e «i», de la palabra Inmaculada; de lo que resultaría: «Monte vi el día de la Inamaculada», que se corresponde con la fecha de su avistamiento, 2 de febrero, fiesta de la Candelaria, una de las festividades del ciclo santoral dedicado a la Madre de Dios dentro del calendario litúrgico católico romano.

Es por esta misma circunstancia que el historiador Caviglia -cuyas principales hipótesis glosamos aquí- se inclina a esta otra interpretación sin dejar de reconocer la verosimilitud de las demás: «monte», «vi», «di» (día), Candelaria; para lo cual tiene que suponer una letra «c» correspondiente a esta última denominación, que no figura en el texto copiado de Albo, pero que, a su juicio, debió existir en el original, donde la segunda palabra sería «vidic» y no «vidi». Pero como esa letra «c» final, y la «o» en la escritura manuscrita se confundieron durante largo tiempo (por escribirse la «o» abierta sobre un costado, y otras, sobre todo, en forma idéntica a la «c»), debió suceder que cuantos no entendieran el significado verdadero leyeran «vidio».

De allí a las sucesivas transformaciones, orales y escritas, de «Ovidio» (con referencias al santo portugués antes citado), y «video», por la dislocación criolla del diptongo que desaloja el acento (como cambeo, despreceo, etc.), según Groussac, es sólo obra del tiempo y de los hombres.

¿La cuestión ha sido resuelta en forma definitiva y satisfactoria? Muy lejos de eso; el enigma sigue en pie, y seguirá siendo un constante acicate para la curiosidad, la imaginación o la manía erudita de escritores y ensayistas.

Pero a poco de desplazado el problema del pintoresco cerro guardián a nuestra ciudad capital, la cuestión se clarifica y afirma: el nombre de Montevideo le fue dado desde su poblamiento en 1726 -y aun antes de éste, a la península de su futuro emplazamiento-, en documentos emanados de las autoridades españolas de Buenos Ai-res y de la Metrópoli, así como en los planos de sus primitivas fortificaciones. Es, pues, el sencillo San Felipe de Montevideo de los fundadores Zabala, Millán, Alzáibar; el altivo alcázar de los ingenieros Petrarca, Cardoso y Lecocq; el abrigado puerto de Bouganville, Aguirre y Malaspina; la ciudad natal de Artigas; la «Muy Fiel y Re-conquistadora» de las «invasiones inglesas» de 1806; el último baluarte español en el Río de la Plata; la plaza disputada en luchas armadas y controversias diplomáticas hasta mediados del siglo pasado; nuestro Montevideo de ahora y de siempre.

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