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“Amor Eterno”, de Leonel Tuana

leonel-tuana-portada-diario-uruguayLOS CUENTOS DE LEONEL TUANA. 

Crear un sitio online ha sido una virtud de Eduardo Mérica  a quien conozco desde hace más de 20 años. Para mí la decisión de Mérica de confiarme este espacio ha sido una verdadera distinción.
Mi presencia ante Ustedes busca tratar de interpretar vuestras diversas preferencias. Es sabido, que la vida del mundo policial es una de los más requeridas por los lectores del mundo entero. Si eso es así, creo cumplimentar vuestras apetencias en este terreno con un cuento que he titulado “Amor Eterno”. Este relato que es una composición realmente dramática y de cierta violencia, en realidad es un canto a la vida pero más que nada es una elegía que contiene todos los detalles dolorosos y al mismo tiempo cuando finaliza se transforma en un verdadero canto al amor.
Nuestra próxima entrega ya está en máquinas y se titula “Tan viejo como el mundo”.

 
AMOR ETERNO
El abanico de hombres se abrió en un amplio giro, acorralándolo nuevamente en un semicírculo tenebroso. Algunos blandían hachas, otros agitaban cadenas y unos pocos tenían cuchillos centelleando a la luz de la luna. El bosque respiraba pesadamente su aliento de sombras y misterios mientras la luna se iba desvaneciendo por retazos detrás de los negros nubarrones. El humo de la fogata subió alto en el cielo para ensombrecer el blanco fulgurante de las estrellas que iban desapareciendo ante el avance de la tormenta. Uno de los hombres dió un paso adelante y levantó el hacha a la altura de su rostro enmascarado. Por detrás del arma el joven apresado atisbó los agujeros sombríos de ojos y boca en la máscara teñida por un fétido sudor. El aliento del hombre le llegó como una ola de calor nauseabundo. Quería gritar pero la garganta estaba aprisionada por la soga, gruesa, implacable, haciendo sangrar el cuello. El dolor volvió una y otra vez con agudas pulsaciones. El hacha bajó, aunque buscando otro ángulo más oblicuo, incrustándose en el suelo a escasos centímetros de sus piernas. Entonces, el golpe del arma fue acompañado por una risotada de ése sujeto extraído de las peores pesadillas.
Poco después sus manos empezaron también a sangrar puesto que seguían maniatadas por detrás con cadenas. Aquel líquido, tibio y espeso, comenzó a recorrer sus brazos hasta caer en gotas sucesivas sobre la parte más baja de su espalda, amoratada e insensible por los golpes asestados sin misericordia. Estuvo a punto de gritarles que detuvieran el suplicio porque no lo soportaba más y al mismo tiempo mostrarse dispuesto a revelar donde estaba el resto del dinero pero se contuvo porque sabía que la condenaría también a ella. Una bota, sucia de estiércol y barro, se le hundió en la espalda y otra sobre su cabeza. Gritó tanto como pudo pero se dio cuenta enseguida que era producto de su mente porque no había salido un solo sonido de su boca.
El rostro le quedó hundido un poco más sobre la tierra apilada junto a la tumba abierta para ellos en la parte trasera del cementerio. Enseguida, la lluvia comenzó a caer con una mansedumbre irritante ante tanta violencia. El agua calmó su afiebrado cuerpo y le permitió pensar con claridad por unos escasos momentos. El frío era inclemente. Semejaba a un ser vivo recorriendo cada hendidura de su cuerpo provocándole calambres y espamos dolorosos. Era la noche del segundo día y no daba un ápice por su vida pero en medio del infortunio, descubrió la cuchilla. Era enorme aunque había sido enterrada con tal fuerza que apenas sobresalía la mitad de la empuñadura de nácar. La sombra de los cipreses mantenía oculta el arma olvidada por sus captores. La herida en su cabeza era profunda y manaba abundante sangre entorpeciendo su visión, obligándolo a cambiar de posición con estudiada lentitud porque si descubrían el intento sería el final para él y ella quedaría condenada.
Entonces pudo verla. Estaba en uno de los extremos de la zanja cavada con groseros golpes de palas y azadas abandonadas en el montículo de tierra removida. La belleza deslumbrante, de ojos verdes y cabellera rubia como el sol, de formas armoniosas y sensuales a sus 17 años apenas estrenados, era ahora un cuerpo atormentado, contaminado de barro y sangre. Cuatro hombres la habían violado ante sus ojos y otros dos, que no participaron, se acercaron después para quemarla con cigarrillos y cortar varias veces la delicada piel con la punta de sus cuchillos, por simple diversión. Uno de ellos con malévola carcajada, le cortó un pezón con un rápido y certero golpe.
Luego, con mirada extraviada y salvaje, lo exhibió en alto como si fuera un pendón conquistado en batalla. Los otros aplaudieron, festejando a viva voz, semejando un coro de dementes pautado de drogas y alcohol. El pequeño trozo de carne, irreconocible ahora, fue introducido con rudeza en la boca del muchacho. El grupo gozaba ese momento con sádica gritería. Asqueado, el joven sufrió su enésima arcada aunque no salió ni siquiera algo de líquido de su estómago. Los habían secuestrado 48 horas atrás y los mantuvieron siempre sin agua ni alimentos. Hacía también mucho rato que les habían quitado las mordazas para aumentar el placer colectivo. Aquellos malvados se divertían escuchando los gritos de ambos y las súplicas de la joven rogando por la vida de los dos, llamando a su mamá con tono lastimero y levantando, a veces, alaridos que terminaban en un ahogado y patético sollozo. A ella le habían permitido un poco de cerveza caliente que tenía saliva mezclada con restos inmundo de tabaco.
El más joven de ellos, borracho hasta casi la inconciencia, se lanzó a forzarla sexualmente con una violencia tal que ella comenzó a gritar pero una poderosa bofetada cerró su boca.
De inmediato quedó pálida y el individuo le vomitó encima. Los otros la emprendieron a puntapiés contra el solitario violador obligándolo a limpiar los desechos. Enseguida, el resto del siniestro grupo se dedicó a profanarla por segunda vez. Cuando el último terminó su despreciable faena, sacó de entre sus ropas un minúsculo estilete y se lo introdujo, con satánica lentitud, en las partes más delicadas de la joven.
Ella arqueó su debilitado cuerpo entre convulsiones y quejidos suaves para quedar por fin en silencio.
Estaba a punto de morir pero una parte remota de su cerebro se resistía obstinadamente, aferrándose a los últimos hálitos de conciencia. No veía, no podía escuchar y ya no sentía dolor alguno, aunque la palpitaciones de su bajo vientre expulsaban sangre acercándola al final de su martirio.
Al otro lado de la tumba improvisada, el joven prisionero buscó con mirada torva, la ubicación de los hombres. El que había levantado el hacha sobre su cabeza estaba sentado de espaldas repartiendo el botín entre empujones, carcajadas y cánticos insolentes. El morral descubierto en la carpa, estaba en jirones. Unos pocos miles de pesos guardados por los jóvenes era, hasta el momento, todo el botín de la banda que multiplicaba las torturas para descubrir donde estaba el resto. Ellos descubrieron, desde el principio, el recibo de un retiro bancario del joven, por muchos miles de pesos más.
Fue a él a quien se le ocurrió la idea de desechar el hotel y acampar junto al río. La joven se había resistido, al principio, porque sería su primera vez y además ella adoraba la comodidad de una cama mullida, de un baño caliente y hacer el amor en un sitio agradable. Se ilusionaba con escuchar música suave, romántica y disponer del tiempo del mundo para hablarle al oído y prometerle amor eterno entre caricias interminables que alejaran las desgracias que pudiesen amenazarlos. Fue un pensamiento premonitorio, inquietante. Se puso nerviosa pero se sentía, al mismo tiempo, embelesada y con un candor que la hizo más desprevenida, admitiendo finalmente la idea de la carpa levantada en lo más profundo del bosque, lejos del mundo, creyendo que nada podía poner en peligro aquel amor jurado hasta la muerte.
La lluvia cesó repentinamente. El silencio dominó al grupo de atacantes pero al mismo tiempo pareció animar al joven para mover su cuerpo hacia la cuchilla.
Todos los hombres estaban atiborrados de alcohol. Algunos habían quedado sentados contra una tumba, con los ojos perdidos entre las brumas de las drogas y de la orgía de sexo desatada como bestias salvajes; otros estaban dormidos, semidesnudos, empapados por la lluvia ante la que no reaccionaban.
Hachas, cuchillas y mazas de hierro quedaron diseminadas en torno a las tumbas, pero la cuchilla seguía allí.
Una puñalada de dolor lo cubrió desde la cabeza a los pies, cuando extendió aún más sus castigadas piernas acalambradas desde hacía mucho tiempo. Poco a poco se fue incorporando y descubrió entonces que la soga en su cuello no tenía nudos. La usaron arrastrándolo entre las tumbas en medio de una catarata de insultos y puntapiés para que revelara donde estaba el resto del dinero. Se quitó la soga con un torpe giró de su cuerpo pero las cadenas en sus muñecas eran un problema mayor.
Atisbó el macabro escenario y la vio otra vez.
Estaba inmóvil, como si fuera una de las estatuas del cementerio. Desde esa distancia no advirtió las heridas que jalonaba aquella imagen que apenas dos días atrás había sido una figura angelical. Por fin intentó ponerse de rodillas pero cayó de bruces. El dolor provocado por el regreso de la sangre a sus extremidades lo asaeteó como una corriente eléctrica que lo obligó a gritar, desesperado. Se contuvo, temeroso del imprudente sonido, pero todo seguía igual. Las manos continuaban atadas con cadenas en su espalda pero se obligó a saltar sobre el grupo de durmientes tropezando con uno de ellos cayendo pesadamente.
Las anillas se incrustaron profundamente en sus brazos y muñecas donde la carne estaba atrozmente maltratada. El blanco de uno de sus huesos sobresalía como si se hubiese fracturado. Entonces, completamente extenuado, percibió por segunda vez con terror esa cosa viscosa, temible, que le corroía las entrañas como un cáncer. El miedo, rechazado durante horas, volvió para apoderarse de sus nervios. Por eso abandonó la idea de la cuchilla.
Se calmó recordando aquella primera imagen de ella, cuando se habían conocido en una librería donde ambos se refugiaron de la lluvia que no cesó en todo el día. La joven hojeaba libros de poemas, él buscaba novelas de aventuras.
Sus manos se encontraron en torno a un libro muy usado, de hojas amarillentas, con poemas de Paul Geraldy. Ambos sonrieron al leer el título de tres palabras que fueron para ellos todo un hechizo. “Tú y yo”
Entre miradas insinuantes y sonrisas cómplices, abrieron la primera página y también sus corazones para vivir siete días inolvidables. Ella imaginaba su primera experiencia. El también aunque nunca se lo dijo porque temía no ser aceptado pero siempre sospechó que ella lo había adivinado con esa intuición, inexplicable para los hombres, que las mujeres exhiben ante cualquier enigma amoroso.
Con un esfuerzo sobrehumano se puso de pie. Con su cerebro actuando a gran velocidad a fin de no perder la conciencia, dominando el vértigo que experimentaba a raudales, avanzó con decisión porque ya tenía resuelto el destino de su vida y no permitiría que nadie se lo arrebatase.
Tropezó y cayó sobre ella. El golpe pareció reanimar a la muchacha pero se dio cuenta que era un reflejo de aquel cuerpo frío, con una palidez rayana en la blancura de la nieve.
Se acurrucó junto a la mujer amada.
Ella había logrado despertar en él, como ninguna otra, una ternura apasionada y lo enamoró antes de la primera noche. Por eso, lentamente, acercó sus labios entumecidos al rostro de ella como si quisiera protegerla en el umbral de la muerte.
Momentos después, queriendo ocultar la tragedia que se desenvolvía en la tierra, la luna desapareció entre las nubes cargadas de lluvia y las sombras ganaron, incluso, los rescoldos de la fogata. Entonces, toda la escena quedó en tinieblas. Sus labios rozaron los labios de ella y musitó un débil y angustioso perdón porque algo se oscurecía en su mente que estaba llegando a la frontera de la agonía. Ya no podía verla, a tientas descansó su cabeza junto al hombro de la joven hecha mujer entre sus brazos. De pronto, ella movió los dedos de su mano derecha. Fue un pequeño movimiento, un estertor quizá de su humanidad flagelada pero él supo, en los últimos instantes de lucidez, que ella lo llamaba desde los límites de la eternidad para seguir viviendo allí aquel amor juramentado hasta la muerte. Él hizo un arco con su cuerpo en medio de un sufrimiento inenarrable para liberar, hacia delante, las manos aprisionadas a su espalda.
La abrazó como en aquella librería cuando se encontraron con su destino y con las tres palabras que para ellos eran un símbolo de amor y de ternura.
Tú y yo, fue lo último que registró su mente antes de apagarse para siempre.

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